05 - 11 | Club Alfa Romeo Argentina
Rally 35º Aniversario | Colonia – Conchillas

Es inevitable ponerse poético, para hacer una crónica del Rally 35º Aniversario del Club Alfa Romeo, tampoco sería sensato querer evitar la poesía, porque la fiesta para los sentidos que disfrutamos el fin de semana, fue un verdadero elogio de la emoción y la emoción es poesía, así que ahí vamos.

Comencemos por la semana anterior. Una de corridas que se fueron acelerando hacia el jueves-viernes, mail sobre mail sobre mail entre los directamente involucrados en la organización, para asegurarnos de que todo estuviera atado y vuelto a atar, para minimizar la posibilidad de que hubiera errores y problemas.

Los cambios de último momento, las consultas y los pedidos de algunos socios que planteaban necesidades personales y que quisimos no dejar de complacer, cosa que nuestro colaborador en la Banda Oriental hizo más sencilla.

Confirmar la lista de todos los pilotos y acompañantes -tarea ciclópea- y de los autos que participarían -tarea más ciclópea todavía- para poder cerrar la contratación del seguro obligatorio para las pruebas; los cambios de último minuto; más corridas. No recuerdo cuándo fue que, el viernes, en algún momento, dijimos: A ver, chek list, calcos, credenciales, pulseras, trofeos, números, y ya está! Pero no estaba nada; todavía nos faltaba recortar los números. Interminable.

Sábado muy tempranito -ya apuntaba el hermoso día que terminaría siendo- empezaron a llegar las huestes alfistas a la dársena de Buquebus, para tomar el Seacat a Colonia. Ordenados en filas, uno a uno y detrás del otro. Todas limpias y peinadas como para ir a clase, cada máquina más linda que la otra. Las conversaciones se iban animando en los grupitos que se formaban espontáneamente para acompañar la espera, todas girando en derredor de lo que nos anima y nos une: nuestros autos y el tiempo que, como observábamos y luego se confirmaría, se anunciaba favorable. Check-in, migraciones, corta espera en el barcito de arriba y… al abordaje!

La navegación por un río que parecía un espejo plateado fue serena y el lapso se hizo muy pero muy corto, breve paseo por el free-shop, que era un mar de gente y ya bajar a los autos para desembarcar y… al desembarque!

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Llegada y… sorpresa! La primera emoción fuerte: en la puerta del hotel Days Inn nos esperaba la 1900 con la que Ledo Dalmas Bonjour ganó en nuestro Gran Premio del ’57. Impecable, realmente hermosa y digna con sus 60y muy bien llevados. Pero la sorpresa fue todavía mayor, cuando vimos que a su lado nos esperaba el mismísimo Dalmas Bonjuor con sus increíblemente bien llevados 90y. Amenísima charla, fina estampa y una lucidez envidiable. Además, como siempre pasa con los grandes, un gran tipo.

Un poco más de breve confusión y un primer aprendizaje: no es fácil chequear 28 habitaciones al mismo tiempo, pero poco a poco y en un rato nos fuimos acomodando todos. Los organizadores, a todo esto y mientras tanto, tratábamos de aportar orden y hacer más sencillas las cosas para apurar el trago, facilitados por la excelente disposición e impecable conducta de los participantes, cosas ambas que -vale remarcarlo- se mantuvieron de punta a punta del evento.

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Ya acomodadas todas las tripulaciones, descargados los equipajes y preparados para la aventura, emprendimos el corto trayecto hacia la ciudad vieja de Colonia; llegada sin sobresaltos y si que se perdiera ninguno, estacionamiento ordenados a 45 sobre la Av. Flores frente al Consulado Argentino y ahí nomás ya se empezó a animar la fiesta.

La gran cantidad de gente que había en la ciudad hizo que casi instantáneamente comenzaran a arrimarse gran cantidad curiosos, que preguntaban las cosas más insólitas y se sacaban cientos de fotografías junto a nuestras amadas máquinas. Uno miraba entre orgulloso y alerta de que nadie hiciera una macana que, por fortuna, nadie hizo. Repartimos en seguida las credenciales, las pulseras y los números, para que todos pudieran colocarlos ahí mismo, relativamente cómodos y a la sombra de la arboleda.

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La prensa local acudió al convite que le hiciera la Dirección de Turismo, algo que es de agradecer, porque nos permitió hablar de nuestro Club y del evento, al mismo tiempo que agradecer la hospitalidad de los colonienses y elogiar las objetivas bellezas y atributos positivos de la ciudad, cuya generosidad al acceder a recibirnos masivamente, agradecimos en particular.

Finalizado el tratamiento “da corsa” y ya preparados para comenzar el Rally, emprendimos el duro viaje hacia nuestra primera etapa: El almuerzo en el Mesón de la Plaza. No fue fácil enfrentar la tentación de tomarse unos vinos, cosa que la comida pedía a gritos, pero nuestra entereza mostró una vez más que los alfistas tenemos una voluntad de hierro o quizás de aluminio. Lindo lugar, buena comida, excelente atención, buenas mesas, todo lindo.

Todo tan lindo que se dificultaba decirle adiós, pero el deber llamaba, así que previa instrucción del fiscalizador de la prueba, nos aprestamos a comenzar la segunda etapa y primera prueba del Rally: Regularidad en Ruta. Largada en Av. Flores ahí nomás en la esquina y partiendo de 30 en 30 segundos, ahí fueron raudas las tripulaciones en viaje hacia Conchillas.

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Aquí debo hacer una confesión: nos perdimos. Una vez reencontrados con la ruta, nos reintegramos a la más o menos despareja caravana, cada tripulación con su velocidad elegida, paso a paso por los autocontroles, Ernesto que todavía seguimos preguntándonos con qué agarraba el cronómetro y la birome para escribir en la planilla. Llevaría un enano escondido abajo del torpedo?

Ya el fiscalizador nos había advertido que tratáramos de no mirar el paisaje de ida, porque lo bucólico y encantador no se lleva bien con el cronometraje, de manera que tratando de hacer bien las cuentas y no pasarse de largo ninguno de esos mojones tapados por el pasto crecido, paulatinamente las máquinas fueron arribando a Conchillas, dando término a la prueba.

Ahí nomás se largó la tercera etapa: la merienda. Muy británicos scons y ricos sándwichs de miga, más unos deliciosos tés saborizados (naturalmente saborizados y se notaba), fueron el prolegómeno de la aparición de las vedettes de la tarde: las tortas. Galesa, bizcochuelo de cítricos y lemon pie. La torta galesa estaba sencillamente es-pec-ta-cu-lar!

 

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Algunos más dificultados que otros para subirse a las nobles máquinas, que pedían beberse más vientos, fuimos arrancando para formar la caravana de regreso a Colonia. Y sí, tenía razón el fiscalizador, el paisaje es para no perdérselo, no en vano llaman a la zona la “Toscana uruguaya”. Es preciosa! Y así, entre verdes colinas y suaves ondulaciones, capelli al vento (solo algunos privilegiados) llegamos de vuelta al hotel.

Higienizados, cambiados, peinados y prestos para comenzar la cuarta etapa: la cena. Así nos fuimos acercando a la ciudad vieja, una vez más, donde nos esperaba La Trattoria, con un rodizio de pizzas, riquísima cerveza bien fría y un asado muy bien puesto, riquísimo al menos para quienes gustamos del asado finito uruguayo, claro está. Buenas ensaladas, bebida sin límite y absolutamente todos los reply que se quisiera. En una explanada a orillas del río, con el horizonte jalonado por las luces de la costanera que se perdían hacia el Real de San Carlos y parecían querer unirse a las estrellas del cielo, y la noche que nos regalaba una brisa fresca y gentil. Qué mås se puede pedir? Pero habría más.

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Al llegar al Days Inn pude disfrutar de una de esas cosas que merecen un par de juicios de valor: 1- estar en este mundo regala emociones por el solo hecho de estar y 2- los cabrios, automovilísticamente hablando, son lo mejor que te puede pasar en la vida. El cielo era un verdadero e impagable show, con la Vía Láctea como protagonista excluyente. A dormir.

El domingo amaneció con un cielo de un azul “de esos”. Rápidamente a la quinta etapa: el desayuno en el hotel. Rico, todo rico y en abundancia. Y la atención espléndida. Pero no podíamos entretenernos más, porque el ritmo deportivo a esas altura ya era alocado y frenético, de modo que arrancamos velozmente hacia la locación de la sexta etapa: El real de San Carlos.

Anulada por orden de la superioridad aeronáutica la posibilidad de hacer la Habilidad Conductiva en el Aeropuerto de Colonia, cosa de la que nos enteramos el jueves, la Intendencia de Colonia, merced a los buenos oficios de nuestro colaborador oriental, nos concedió la posibilidad de utilizar como escenario de nuestras habilidades al volante, parte de lo que fue el circuito callejero de la F3 Sudamericana.

Los autos en una suerte de playón natural, fueron armando la fila para comenzar la prueba, los asistentes protegidos del sol por la arboleda. Cortito y divertido y, también, difícil, el circuito permitió que cada uno hiciera lo que podía, literalmente. Hubo un par, por ejemplo, que hicieron caso omiso de los conos del slalom, algunos luciendo su muñeca arrancaron gritos de la tribuna, puño en alto de protesta de algún piloto perjudicado por el público que invadía las visuales, alguno afectado por animales sueltos en la pista (chinos en bicicleta), uno que le pisó el cono al policeman que nos cuidaba. De todo, como en botica.

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Distendido regreso al hotel, tratando de apaciguar los ánimos, porque todavía nos quedaba la séptima y última etapa: almuerzo de campo y entrega de premios. Sería en la Estancia Arenas y después de refrescarnos ligeramente hacia allá partimos. En realidad el viaje fue muy breve, porque estaba a apenas 1 o 2km del hotel, así que en minutos estuvimos en la estancia.

Después de acomodar (costó pero lo hicimos) las máquinas en jun lugar que nos permitiera hacer al final la “foto de todos”, nos recibió el Sr. Arenas, súper tipo, súper amable, que nos llevó a recorrer “su” increíble colección de más de 20.000 lápices, que mereció 5 récords Guinness certificados, y va por el sexto, colección que se completaba con otras de ceniceros, botellitas de perfume, llaveros, pins, etc. Y, más reciente, una colección de caps, a la que contribuimos con una de Alfa Romeo, donación del socio Carlos Hidalgo y otra de Meguiars, donada por quien escribe.

El Sr. Arenas, realmente es una de esas personas que hay que conocer, nos fue acompañando al comedor, donde ya nos fuimos acomodando en las mesas preparadas para el almuerzo y en seguida a la tarea fecunda de dar cuenta de todo lo que había para comer, como las termitas o las pirañas.

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Otra vez, todo rico. Muy buena idea los cuadraditos de tartas de variados gustos, muy buena; unas empanadas acompañaban dignamente y unos pinchitos de aceituna y cubos de fiambre le daban marco a un señor salame que estaba súper; y si digo señor salame es porque a mi juicio el embutido era soberbio. Otra buena idea fue la de Gauto padre, que pidió y convidó una Patricia Pilsen fresquísima y deliciosa.

A continuación el asado. Un par de generosas ensaladas acompañaban la aparición de las bandejas llenas de delicias de la parrilla; el chori impecable; el asado, como expliqué antes, un manjar para quienes gustamos de las tiras bien finitas, pero con unos bloques de pulpa de cerdo que eran un manjar de los dioses y que pedían ser devorados.

Después nos cayó encima el postre. Quedamos literalmente sepultados por el flan casero con dulce de leche también casero, un dulce de zapallo (era zapallo?), una ensalada de frutas de estación y una isla flotante que hundió a un par de comensales en un soporífera modorra. Para mí el postre estaba de más, pero igual no le hicimos asco al flan. Era un deber.

A duras penas despiertos llegamos al grand finale: la entrega de premios. Ahí nos dimos cuenta de dos cosas. Por una parte pudimos ver que es muy bueno que la mayoría no tengamos interés en competir de manera profesional, porque viviríamos de doloroso fracaso en doloroso fracaso. Por otra parte, también fue bueno que nos diéramos cuenta de que lo mejor del Rally fuimos nosotros mismos y el afecto que nos convoca y reúne.

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Si me preguntan, puedo asegurar que fueron de las mejores jornadas de mi vida, las emociones nobles y francas, el acompañamiento siempre constante, el afecto fraterno, la gente que se acercaba a agradecer, porque sí, porque estaban felices. Y, por supuesto, uno también estaba feliz. Cómo no estarlo!

Es un deber y al mismo tiempo un placer, agradecer a todos los que colaboraron para hacer el increíble fin de semana que pasamos en el Uruguay. El primero es nuestro socio Daniel Alegre, que fue el impulsor inicial de la idea; después a Gerardo Pernigotti, que se acercó hasta Buenos Aires para comenzar a redondearla, ayudarnos a pensar cómo se llevará a la práctica y comenzar, desde ese instante inicial, a operar en Colonia para encontrar las ofertas de hotelería, gastronomía y los auspicios de la intendencia de Colonia; ahí mismo vale mencionar a los socios de la CD que en seguida se aunaron y comenzaron a poyar, Luciano Gauto, Alejandro Russomano, Nicolás Aiello, Francisco Yantorno, Juani Mártire, Jorge Rendo, Pablo Di Maggio; en seguida a aquellos que en sucesivas cenas en Alsina nos fueron ayudando a perfeccionar la idea e ir dándole su forma final; a la gente de Buquebus que nos dio una tarifa excelente; a la gente del Days Inn, lindísmo hotel y muy acogedor; a la linda y muy amable gente de Conchillas y la Casa de Evans, por esa merienda memorable; a la Dirección de Turismo de Colonia por facilitar todo, sin excepciones; a la Dirección de Tránsito y la policia de Colonia por cuidarnos siempre; a Alberto Domingo por su dedicación y eficacia, que nos permitieron llegar con todo listo para hacer la premiación; al Montevideo Classic Car Club y su representante, Jorge Sanguinetti; a Ledo Dalmas Bonjour por ser como es y estar ahí para nosotros; a Carlos Dalmas por acompañarnos y donar la copa que coronó al ganador del Rally.

Por último, debemos agradecer a todos los socios del Club, los que nos alentaron, los que discutieron, los que dudaron y los que nos plantaron dudas e interrogantes, los que quisieron compartir y los que pudieron hacerlo. A todos, de verdad y sinceramente, muchas gracias.

GANADORES DEL RALLY

Regularidad:
3º Daniel Alegre
2º Carlos Dalmas
1º Alejandro García Del Bo

Habilidad Conductiva:
3º Alberto Flores
2º Francisco Yantorno
1º Carlos Hidalgo

Ganador Absoluto:
Alejandro García Del Bo